DE VENDER GOLOSINAS EN EL COLECTIVO A SER EL ABANDERADO ARGENTINO EN LA CLAUSURA DE LOS JUEGOS PARALIMPICOS

Seguramente si siguieron el camino de Los Murciélagos en los Juegos Paralímpicos y en las competencias anteriores, vieron a un muchacho con el numero 15 en la espalda, el pelo de colores y jugando como delantero. Ese que partido a partido nos sorprendía a todos con sus habilidades con la pelota, que nos hizo gritar cada gol que convirtió para estar cada vez mas cerca de la final y que fue el responsable de llevar la bandera del país en la clausura de estos juegos. Capaz lo conocés, capaz no. Él es Maxi Espinillo y hoy te vamos a contar un poquito de su historia.

Como te decíamos, Maxi es el 9 y uno de los mejores jugadores del Seleccionado argentino, también fue el goleador de futbol para ciegos en los Paralímpicos. Pero atrás de este gran jugador, hay una historia de superación y crecimiento. Una historia que vale la pena contar, pero sin lagrimas ni tristeza, sino todo lo contrario, con orgullo y admiración.

Maxi nació un 16 de noviembre de 1993 (27 años) en la provincia de Córdoba. Actualmente vive en Santa Fe, donde viste la camiseta de los Búhos, equipo de la Liga Nacional de Fútbol para ciegos y jugador de la Selección Argentina hace 8 años. Él había nacido sin ningún problema en la vista y desde chiquito tenia el sueño de ser jugador . A los 4 años su vida dio un giro 360º, quedó ciego y empezó a transitar su infancia como un aprendizaje constante, junto a su familia.

“El fútbol me llega por mi papá y mi hermano. En Villa El Nylon empezamos a jugar con mis primos, con una pelota plástica con piedras adentro. Arranqué a los cinco, seis años. Yo quedé ciego a los cuatro y luego entré al instituto Hellen Keller (NdR: una institución que les brinda formación y contención a personas con discapacidad, ubicada en Ciudad Universitaria), donde hice la escuela primaria y conocí a todos mis compañeros. Ahí estaba todo el día con la pelota. Yo tuve un desprendimiento de retina a esa edad, por un virus. Se me hizo una presión ocular muy fuerte, me operaron y el nervio óptimo no aceptó la cirugía. Tengo un poquito de resto visual… luz, sombra, no alcanzo a distinguir colores, figuras. Es registro visual de luz, sé cuándo es de día o de noche, pero nada más”

Su familia no tenia un buen pasar entonces tenían que salir a vender a la calle o colectivos, por ejemplo: pilas, relojes, comida u otras cosas.

“Mis viejos eran vendedores ambulantes en el centro y nosotros vivíamos de eso. Empecé a laburar con ellos y, después me fui a los colectivos. Es muy loco haber venido desde ahí y estar acá. Vendíamos pilas, relojes, un poco de todo. Yo laburaba con golosinas en los colectivos, chocolates, caramelos, alfajores. Trabajaba a la mañana, de 9 a 13. Me iba a casa, comía algo y después me iba a entrenar por mi sueño de dedicarme al fútbol. Eso fue hasta hace unos ocho años, cuando empiezo a ser jugador de selección.”

Con su problema en la vista, el sueño de ser futbolista profesional parecía haber llegado a su fin, pero él se las ingenió y con ayuda de su familia pudo seguir con su sueño. Para poder jugar dijo que le ponía una bolsa a la pelota o agarraba una de plástico, la pinchaba y adentro le ponía piedras para que así haga ruido; la función que hoy en día cumplen los cascabeles.

“El fútbol como deporte me sirvió muchísimo, tanto para desarrollarme como persona, como deportista, como para tener una orientación y movilidad. A mí me salvó. Gracias a Dios, lo que uno anhelaba se ha ido cumpliendo. Estar en la selección, tener una carrera en base al fútbol, uno vive de esto y parece irreal. Cuando uno le cuenta a una persona extraña, no te cree por los países que anduve. No lo pueden entender. Ahí uno se da cuenta de lo que consiguió”

Maxi arrancó su carrera en la Unión Cordobesa, después paso por Leonas de Bell Ville, Medea y ahora juega para Los Búhos. En el año 2012 fue su primera convocatoria a Los Murciélagos, que con el pasar de los años, su papel fue cada vez más importante.

“Al principio fue todo medio loco. Pasar de entrenar con un pebete y una Pritty, a ser jugador de selección, tener una beca para ayudar a mi familia. Tuve que empezar a cuidarme más, a entender que estoy representando a una selección. Fue un paso del deportista a amateur a vivir como profesional, diríamos. . Me gusta lo que elegí para hacer lo que uno ama de manera profesional. Fue un proyecto de vida, hace cuatro años que estoy de novio con María Victoria y estamos muy bien. Pero soy familiar y, cuando vuelvo, voy a la casa de mi vieja en Argüello. Siempre. Esos son mis orígenes y jamás lo voy a olvidar porque todo ese camino me llevó hasta acá”

A pesar de ser considerado uno de los mejores nueve del mundo y pasar por su mejor momento en cuanto a lo deportivo, Maxi no se olvida de sus raíces y quienes fueron esas personas que más lo ayudaron a llegar.

“Siempre me tocó gente en el camino que me ayudó muchísimo. Una persona clave para mí fue Patricia Depiante, que fue mi entrenadora del 2012 al 2016. Fue mi segunda madre. Ella me cuidó, estuve bajo su ala. Me ayudó a llegar donde estoy hoy. Fue una de las personas que me dio una mano. Cuando uno llega no se tiene que olvidar de dónde viene y de dónde salió. Hay cosas que quizá uno no quisiera vivir o repetir. Pero no me arrepiento de haber vivido mi vida, ni de mis orígenes. Estoy orgulloso de todo lo que pasé. Si uno quiere llegar a algo, hay que ir para adelante, siempre hay un camino”.

Quien iba a creer que esa persona que capaz alguna vez en el colectivo yendo para tu trabajo, te ofreció un caramelo, un chocolate o un alfajor, ahora es el delantero titular de la Selección Argentina y uno de los mejores del mundo. Un claro ejemplo de lo que es la superación y siempre ir en busca de tus sueños, a pesar de las trabas que te pone la vida.

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